Al grito de contamíname
con tus venenosas ideas,
España deja de oler
a la fragancia
de una camisa blanca
para poco a poco
sentir que se agota
mi esperanza.
Los puños en alto
de los nuevos cantares
se lanzan a las calles
como cánticos que vomitan
los miembros de una crecida plaga.
Escucha y estremécete,
porque la decepcionante melodía
de nuestro particular
rock de la cárcel
no ayuda a frenar la fiesta.
La falsa patria se filtra
como un asfixiante cuélebre
en las entrañas
de una mente colectiva
muy poco inteligente.
Mientras el cuerpo aguante
no podemos cruzar los brazos,
y sólo le pido al Dios
en que no creo,
que el día después
pueda ser un gran día:
caminaremos hasta la otra orilla
del transparente río
pidiendo a nuestras cómplices
“quiero abrazarte tanto”
al tiempo que entonamos
un himno a la alegría
lleno de palabras de amor.
