Soldado del Tercio.
La miserable suerte de los soldados
entre desgracias y miserias;
de un Tercio viejo la casaca vistes;
ni el más honesto; ni el más piadoso;
entre mil zozobras
mantienes apariencia de hierro
y das siempre paso adelante
mano en espada.
Aunque muchas y afiladas
incertidumbres cargas,
que como todo ser humano albergas,
y no reclamas,
a culminar la hazaña te levantas
cual águila segura de su presa.
Cerca o lejos
te mueves entre promesas
que por Razón de Estado se quebrantan.
Después que soldado en gran empresa,
mostrando el bravo brillo de tu acero
el pintor dio cumplida fe de tu existencia.
Tu memoria cantarán cronistas y poetas
sobre heroicas gestas del Rayo de la Guerra.
Iluminas entre sombras esta Historia
hecha de Oro, en la que serás
para tus compañeros
el lazo de fidelidad más verdadero.
Campos de batalla.
Habrá que matar, y puede que mucho.
Al lento batir de los tambores
las filas movíanse hacia delante:
ordenados, soberbios, orgullo de españoles.
Con cuero engrasado y armas relucientes,
aunque de prendas desfilaran andrajosos,
destacaban bajo el temible sol de Breda
que D. Diego eternizó con su paleta.
Respetado y odiado nombre de patria,
temido en todos los campos de batalla,
pues para crear el paisaje del infierno
no es menester más que un Tercio,
y su bandera, y las puntas de sus picas,
y los filos heridos de sus dagas.
Patria.
Enarbolando en alto cruz y espada,
mientras nos abrimos a ensanchar el nuevo mapa;
a abrir lo descubierto a golpe de cuchillo;
a cobrar caro hasta que en pie quede el último;
mientras se pudrían inteligencia, alma, imperio;
mientras todas las fuerzas y la atención,
en la sobrevalorada y criminal reputación
estaban puestas. Enrocados
por de más en confesores y privilegios;
descuidando prosperidad y arduo trabajo.
Que el que hace lo que puede
no está a más obligado.
Lances.
Soldado veterano de tercios españoles
que malvive y bebe por tabernas,
estocadas y garitos
que vida dieron
a los diarios tajos del duro acero;
entre intrigas de una corte corrupta
en un Madrid ya en decadencia,
como dirían los sonetos de Quevedo
donde ves la llaga pones el dedo.
Siempre hubo
unas temibles armas puestas:
atravesada, acomodada al cinto
la fiel misericordia,
que acompañada vive
de la espada por la Corona al filo.
En Flandes puso una pica
el valeroso soldado cada jornada,
que como Real vasallo,
su rey lo abandonó al triste olvido;
pues como dijo siempre pobre,
"nada quiero, salvo matar
el tiempo en quienes mato,"
más llegada la hora
¿qué es vivir,
sino ser para la fosa?



