Ahora que los recuerdos
se me escapan entre los dedos,
te estoy viendo, ahora sí,
con tu tez color miel
en la oscuridad del anfiteatro,
en la última fila,
agarrada a nuestras manos.
Sentada entre los dos,
tu madre y yo,
diciéndonos con tu supermirada
"gracias por la música".
Depositando todo tu amor
en nosotros,
emocionada,
chiquitita
aunque aún no lo sabíamos.
Gritabas en silencio
al auditorio de Madrid,
al mundo entero:
¡Dame!
¡Dame una oportunidad!
Como una llamada de socorro
que aún no sabíamos descifrar,
aunque en tus pensamientos
ya vivía el código en clave:
"Tengo un sueño,
ser la reina del baile.
¿Quieres ayudarme?".
En nombre del juego colectivo
que nos imponen,
se rebela la emoción
que tu madre y yo compartimos.
Nuestra respuesta,
también en clave,
era que cuando todo
esté dicho y hecho,
no tengas dudas;
apostamos todo a ti,
a la ganadora en que te convertirás,
con algo que no es dinero,
sino la fuerza de nuestro amor.
Siempre, para ti,
hasta nuestro último verano.

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